II. LA MENTE — What We Think
Si la ropa es lo primero que los demás ven, también es uno de los primeros espacios donde se organiza el yo. La moda no sólo cubre el cuerpo, se instala en la mente, influye en la forma en que nos pensamos y condiciona la relación que tenemos con nosotros mismos. Vestirse no es un gesto automático, sino una práctica cargada de identidad, deseo y subjetividad.
La extensión de la mente
La mente no opera de forma aislada. De acuerdo con la Teoría de la Mente Extendida, los procesos mentales no se limitan al cerebro, sino que se expanden hacia el entorno y los objetos que utilizamos de manera constante. Pensar, recordar y decidir ocurre en relación directa con herramientas externas que organizan el pensamiento. Cuando un objeto cumple una función cognitiva estable, deja de ser accesorio y pasa a formar parte del sistema mental.
Desde esta lógica, la moda funciona como una extensión del yo. Las prendas, los códigos estéticos y los imaginarios culturales no sólo se observan:, estos estructuran cómo nos percibimos, evaluamos y proyectamos. No vestimos únicamente lo que somos; aprendemos a pensarnos a través de lo que vestimos. El clóset, el espejo y la mirada social se integran al proceso mental.
La moda como valor simbólico
Por eso la moda no promete sólo ropa. Promete reconocimiento, pertenencia y poder simbólico. El consumo de moda va más allá de una carencia material, pues esta de igual manera denota una carencia simbolica, la necesidad constante de afirmar, corregir o completar una imagen de nosotros mismos que nunca termina de cerrarse.
El regulador interno
Mientras el deseo impulsa nuestras elecciones, el superyó actúa como regulador. Alimentado por normas sociales y juicios culturales, encuentra en la moda uno de sus instrumentos más eficaces, ya que a través de códigos estéticos implícitos define qué es correcto, aceptable o ridículo. Cuando dudamos frente al espejo o descartamos una prenda por “no ser para nosotros”, no es el cuerpo el que decide, es el superyó operando.
¿Quíen soy hoy, quíen seré mañana?
Entre el deseo que empuja y la norma que corrige, el yo intenta expresarse. Ahí surge la subjetividad. Vestir se convierte en una de las formas más accesibles de decir algo cuando no siempre puede ponerse en palabras. Por eso cambiamos de estilo, por eso ciertas prendas se fetichizan y por ello algunas piezas se vuelven casi identitarias.
La moda permite ensayar versiones del yo sin compromiso permanente. Esa posibilidad es seductora, pero también inestable. La identidad se mantiene siempre en proceso, siempre en revisión. Nunca terminada.
La moda como parte del colectivo mental del hombre
En este nivel, la moda deja de ser objeto y se integra a la estructura mental. No sólo elegimos ropa: aprendemos a evaluarnos, compararnos y corregirnos a través de ella. La mente se vuelve un espacio de consumo permanente, sostenido por la sensación de que siempre hay algo que falta.
Si en la superficie la moda nos hace legibles para los otros, en la mente nos vuelve interpretables para nosotros mismos. Así, opera como un mecanismo de control interno que prepara el terreno para su dimensión colectiva. El yo no se construye solo, se forma dentro de sistemas compartidos de significado, códigos y comunidades.

